¡Hola, amores!

Hoy traigo la primera de una serie de entradas un poco distintas. Hace un año hice mi TFM sobre Filosofía de la Pintura y he pensado en recoger en el blog algunos de los conceptos que trabajé a lo largo de las páginas de mi trabajo.

Todos estos conceptos están sacados de «Pintura. El concepto de diagrama» del filósofo francés G. Deleuze.

No están escritas en el mismo tono de mis anteriores publicaciones del blog, aún así, espero que disfrutéis (aunque sea un poquito) con lo que os voy a contar.

La cuestión fundamental que traté (y que quiero retomar) fue qué relación había entre Pintura y Filosofía y ,sobre todo, qué podía aportar la una a la otra, en el caso de que puedan complementarse de alguna manera. Empezamos, el primer concepto del que os vengo a hablar es el de catástrofe.

¿Qué quiere decir hablar de pintura? Creo que quiere decir precisamente formar conceptos que están en relación directa con la pintura y solamente con la pintura. En efecto, es en ese momento que la referencia a la pintura deviene esencial. (Deleuze, 2008, pág. 22)

Deleuze afirma que la filosofía espera algo de la pintura, ahora bien, ¿el qué? Quizá sólo espere conceptos, quizá más preguntas o quizá aguarde por nuevas problemáticas que sólo la pintura puede darle. De todas formas, lo que está claro es que esta investigación nos va a orientar a una serie de búsquedas a las que no podríamos acceder por ningún otro camino.

La pintura interesa a la filosofía, según Deleuze, en tanto que ésta puede arrojar una serie de ideas desconocidas e inéditas y, además, proporcionarle algunos conceptos nuevos. Pero esto ya lo he dicho. Sigamos.
La primera noción que aparece a nuestro encuentro es la de catástrofe. En la mayoría de los museos que recogen obras pictóricas podemos encontrar cuadros que contienen una catástrofe. Ahora bien, ¿de qué tipo? No estamos haciendo referencia a un lienzo que tenga representada una tempestad ni uno en el que advirtamos una caída en la composición por lo grandioso del hecho que en él aparece, sino que hablamos de una catástrofe más secreta y profunda: la que afecta al acto de pintar, la que define el propio acto de pintar, la que es inseparable del nacimiento del cuadro.

Catástrofe en sentido de una composición desequilibrándose, disgregándose, un caos y a la vez un germen que el autor pone en el cuadro y del que brotará la obra. Este caos inicial será al que Deleuze identifique como el momento fundador de toda pintura que merezca denominarse como tal. La catástrofe se dará antes y durante el acto de pintar. Por una parte, la catástrofe es pre- pictórica en tanto que es condición para pintar del este caos/ abismo nacerá la base o el armazón de lo que luego será el cuadro. Por otro lado, en un segundo momento, la catástrofe arrastrará ese armazón, ¿con qué motivo?

«La catástrofe arrastra, es decir, se vuelve a partir de cero, se parte a la reconquista.»
(Deleuze, 2008, pág. 33)

Vamos a detenernos en esto, que lo catastrófico se dé tanto antes como durante el acto de pintar es parte de la condición propia de la pintura porque sino no existiría. Además, podemos distinguir, dos momentos en este acto: primero, a la hora de comenzar a pintar el lienzo nunca está vacío, nunca nos enfrentamos a un lienzo en blanco – ya haré otra entrada sobre el cliché – , sino que hay un abismo que es anterior a ese acto y que constituye la raíz indispensable para que los distintos planos puedan aparecer en la tela; segundo, se produce la catástrofe que derrumba ese armazón que se encontraba ya en el lienzo de antemano y que más adelante vamos a denominar cliché.
No pensemos que hay una fórmula general de la catástrofe en tanto que germen de la pintura. Esta catástrofe/ germen es completamente diferente en cada pintor; no tiene nada que ver la de Van Gogh con la de Cézanne, están muy singularizadas porque en ellas va, nada más y nada menos, que lo que vamos a llamar estilo de un pintor.
Es ineludible una catástrofe controlada para que de ahí nazca la pintura: el artista tiene que comenzar de cero a crear algo realmente nuevo, su tarea no es limitarse a copiar ideas anteriores.
Pero ¿por qué controlar una catástrofe? Si la catástrofe no se controlase habría dos peligros: que la catástrofe o bien no aparezca, o bien tome toda la obra. Si sucede el primer peligro, el producto que salga de ahí no podrá llamarse propiamente pintura y, respecto al segundo, el resultado sería lo que Deleuze denomina grisalla, esto es, una confusión terrible, un gris que representa el fracaso porque los colores no pueden ascender, no pueden desplegarse en todo su esplendor y, por tanto, el cuadro se habrá arruinado antes siquiera de haberlo comenzado.
Es por esto que cabe la posibilidad de entender los procesos pictóricos como una lucha compleja y llena de peligros que se libra entre el artista y el lienzo y, asimismo, el hecho de que podamos distinguir en todo este proceso distintos momentos, responde a que, al final, el artista, el pintor, lo único que siempre representa es el tiempo, el tiempo y el espacio.

Llegados a este punto yo solo puedo decir una cosa…

DFwvXnqXsAQNTih

Eso, y ¡¡gracias por leerme!!

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