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¡Hola, coolturetas! 

¿Cómo va el verano? Disfrutad de las vacaciones los que podáis y ánimo para quienes han vuelto a la rutina.

Hoy os traigo algo que me apasiona: una pintura de mi pintor favorito en la que representa a mi personaje mitológico predilecto. Vamos a hablar de la «Medusa» de Caravaggio.

Medusa Caravaggio

Lo primero es advertir que no es un lienzo corriente con su marco y todo eso. Tiene forma circular porque está pensada para ser plasmada en un escudo (de hecho, es un lienzo pegado a un escudo de madera), ya que era común en el Barroco decorar estos aparatos de salvaguardia con una imagen impactante. Sin embargo, no fue ese su cometido; nunca se usó en batalla, sino que era un emblema para el cliente que la encargó, una imagen que le representaba. Supongo que haciendo referencia mítica al escudo que Atenea prestó a Perseo al demostrar este su valor emprendiendo una tarea que en el mito os contaré.

Es una de las obras más sangrientas de Caravaggio, y es que aunque ya representó alguna que otra decapitación, en David y Goliat o Judith y Holofernes, por ejemplo, en ninguna representación anterior la sangre que emana de la cabeza tiene tanto protagonismo en el conjunto de la obra. Además, es una sangre irreal que cae de manera lineal, son chorros casi perpendiculares, rectos, que no dan aspecto de ser un fluido sino una sustancia más bien sólida.

Otro aspecto común en las obras de Caravaggio en general y en Medusa en particular es el gran dramatismo de los rostros. La imagen corresponde al momento en el que Perseo  (tranquis, ahora os cuento toda la movida) acomete el tajo definitivo a la cabeza de la gorgona que aparece con los ojos y boca muy abiertos, con ceño fruncido y la cara desencajada con una expresión entre sorpresa, miedo y dolor, como cuando de repente te pillaba tu madre con las manos en la masa de pequeño y no sabías para donde tirar. Eso sí, todo eso acompañado de un pelo que resulta ser un nido enmarañado de serpientes furiosas de sinuosa silueta que hace a la pintura más oscura, aún. Como siempre, el foco de luz acentúa esta impresión. Esta vez está situado en la esquina superior izquierda y produce que la parte inferior derecha quede en sombra.

Pero ya lo sabéis, no es nada nuevo el carácter oscuro de las obras del máximo exponente del tenebrismo. Ya os conté aquí lo de su alma atormentada, aunque nunca está de más repetirlo. La belleza y lo turbio se mezclan a partes iguales en las pinturas de Caravaggio, de hecho, estoy convencida de que eso es lo que le aporta la grandeza a todas ellas.

Y ahora el mito que precede y esclarece la escena.

Medusa era una joven sumamente bella que se jactaba de serlo. Fue, precisamente, esta belleza la que la condujo a su terrible destino. Un día la joven visitó el Partenón, templo de la diosa Atenea y alardeó de ser mucho más bella que la estatua de la propia Palas Atenea, apenándose de no haber sido ella la modelo de la escultura de mármol.

A estas alturas ya sabemos cómo se las gastaban los dioses griegos… Somos conscientes de sus pasiones «humanas, demasiado humanas» y podemos prever que estas palabras no iban a quedar impunes.

De repente la figura de Medusa se tornó en la de un monstruo: con un pelo ensortijado de furiosas serpientes y una mirada capaz de dejar de piedra a cualquiera que se atreviese a mirarla.

Aunque para petrificados nosotros a estas alturas del verano…

Tu cara (2)

Esta es solo la primera parte. Aún no os he contado por qué ni quién separó la cabeza de su cuerpo.

Perseo era hijo de Dánae y de Zeus, que tomó a la mortal transfigurado en lluvia de oro. (Me guardo esto para otra entrada, paciencia).

Perseo creció junto a Dánae y al Rey Polidectes, un hombre malvado que quería librarse de Perseo porque éste cuidaba recelosamente de su madre. Para intentar deshacerse de él, Polidectes le advirtió de que Dánae sería sacrificada si Perseo no le traía la cabeza decapitada de la Medusa. Una labor imposible, a primera vista.

El héroe, envalentonado, se lanzó rápido al trabajo y al demostrar tanto valor los dioses se apiadaron de él y le ofrecieron su ayuda. En aras de que pudiese tener éxito en su quehacer, la diosa Atenea le prestó su escudo para que pudiese guiarse a través de reflejos y evitar la mirada mortal del monstruo. Hermes, por su parte, le dio sus sandalias aladas para esquivar los gráciles movimientos de la bestia y Hefesto le proporcionó una poderosa espada con la que arrancar la cabeza de Medusa.

Perseo llegó hasta las hermanas de Medusa, tres brujas que compartían un solo ojo, y les obligó a revelarle el camino hacia la gorgona. Una vez que lo supo emprendió el vuelo y descendió sobre el hogar de Medusa y, gracias a los obsequios de los dioses, con un grácil movimiento de espada, la decapitó.

Aquí lo veis, la belleza y lo turbio se mezclan en la figura de Medusa al igual que en la atmósfea caravaggesca. El resto ya os lo contaré.

Gracias por leerme.

 

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