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¡Hola coolturetas! ¿Qué tal estáis?

Hoy os traigo una pintura que ¡UF! me robó mucho, mucho el corazón desde el primer momento en que la descubrí.

Os hablo de «Paisaje con la caída de Ícaro» del pintor holandés Brueghel el Viejo, uno de los grandes maestros de la pintura flamenca junto a figuras como Van Eyck o Rubens. Como bien sabéis por capítulos anteriores, cronológicamente situamos la pintura flamenca entre los siglos XV y XVII. En esta época representaban sobre todo temas religiosos o espirituales, ya hablaremos de cuál es la metáfora imperante aquí, pero no nos adelantemos amores míos.

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Vamos a comenzar reseñando algunas de las peculiaridades de este cuadro, como siempre. Es una pintura al óleo, una técnica que, como ya os he dicho en más ocasiones, permite al artista ser muuuuuuy detallista y le da mucha flexibilidad a la hora de representar las pequeñas cosas, fíjaos en el barco o en las hojitas de los árboles, por ejemplo. Si cogemos una lupa y miramos bien, veríamos que cada una de las hojas está dibujada de manera independiente, no es parte de una mancha de color conjunta como lo será en otros momentos de la Historia del Arte.

Por otro lado, algo muy curioso de la pintura flamenca en general y de esta en particular es el uso de la «perspectiva caballera» o a «vista de pájaro». Y vosotros me diréis, ¿qué hablas Soraya? Esta perspectiva hace que la escena reproducida esté vista como si el pintor estuviese situado en un punto alto, vamos, como si estuviésemos viendo la escena desde arriba. De hecho aquí es clarísimo, nosotros, espectadores, estamos colocados en un punto alto de una colina y lo que vemos es lo que se nos aparece por debajo de nosotros.

En tercer lugar, hay que resaltar el tratamiento del tema de esta obra. Eh, ¿hola? ¿cómo dices que se titula el cuadro y where the fuck está Ícaro? Pues aquí, aquí….

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Tanto en el Renacimiento como en la Pintura Flamenca los temas de las obras están muy claros; a golpe de vista sabemos que pasa y si es tema mitológico, religioso, espiritual o lo que sea. Pero, ¿y aquí? Bruegel ha jugado con nosotros y nos ha colado el tema principal en una esquinita y no de casualidad. Que aparezcan un montón de personajes secundarios abstraídos completamente en sus tareas ante la desgracia de Ícaro se puede relacionar con la indiferencia del ser humano ante el dolor y el sufrimiento ajenos. También responde a un viejo refrán flamenco que ilustraba precisamente eso: «Ningún arado se detiene porque un hombre muera»… y el mundo sigue mientras Ícaro se ahoga, y mientras se suceden cien mil injusticias y tragedias al día seguimos preocupados (yo la primera, ojocuidao) por quedarnos sin batería.

Lo cual nos da mucho que pensar, ¿perdemos cada vez más eso que nos hace humanos? ¿Somos, al contrario de lo que decía Nietzsche «Humanos, demasiado POCO humanos»? Ahí os lo lanzo.
Por último, como ya sabéis soy la friki de los mitos y ¡cómo no os voy a contar este que es mi más súper mega favorito around the world!

Cuando entras en una

 Os cuento: Ícaro era hijo de Dédalo el gran arquitecto, inventor  y genio en general de la antigüedad. Dédalo fue quien diseñó el  laberinto que acogería en su seno al Minotauro (movidas que os contaré otro día, fijo). Dédalo le mostró a Ariadna cómo entrar y salir del laberinto y ella, a su vez  le dio la respuesta a Teseo, que consiguió matar al Minotauro. Drama real, ¿eh?

El caso es que, obviamente, el Rey Minos, que era el padre del Minotauro y el que mandó construir el laberinto, se enfadó mucho con Dédalo por haber sido el primero en revelar el secreto y lo encerró junto a Ícaro dentro de la estructura.

Para escapar de allí, Dédalo construyó unas alas de madera y plumas de un ave que anidó en el laberinto y las pegó con cera de abeja. Cuando emprendieron la huída, Dédalo instó a Ícaro que no subiese demasiado alto, ya que el calor del sol podría derretir la cera de las alas.

Ícaro, lleno de entusiasmo, rebeldía e inconsciencia hizo oídos sordos del consejo de su padre y ascendió más de lo debido… Con el fatal resultado que comentábamos antes.

Ante esa escena, Dédalo era un espectador impotente, incapaz de ayudar a su hijo que iba a morir ahogado al caer al mar sin más remedio.

Durísimo mito, pero me parece sublime.

¡Espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo!

Gracias por leerme.